sábado, 28 de junio de 2025

Relato de Intriga: La escapada (Advertencia: No apto para menores)


 

Los cristales de la ventana recibían los últimos rayos antes de la puesta de sol. Raquel miraba embelesada el tono anaranjado que iba posándose sobre el horizonte. Sus pensamientos, acompañados de un suspiro, volaron hacia él. Esperaba ansiosa acortar la distancia que ahora los separaba con una llamada. Se acercaba la hora…

El timbre de la puerta, con su tono chirriante, la sacudió por dentro y la arrancó de su ensimismamiento. No esperaba a nadie a esa hora. Miró por la mirilla y se estremeció como un flan. Como pudo se arregló un poco el pelo y se ciñó la bata de satén. Respiró hondo y abrió la puerta.

—¡Hola!, cariño. Pero… ¿no estabas en una reunión en Berlín?

—¡Pues va a resultar que no! ¡Sorpresa!

Una vez dentro, la puerta se cerró tras ellos para rodearlos de la intimidad que necesitan los amantes. Sellaron sus labios con un apasionado beso. Ella quería saber más, pero él tomó ventaja sobre su cuerpo deslizando sus manos ávidas por debajo del satén. Raquel se dejó llevar y se abandonó arrebatada en pleno éxtasis carnal.

Saciados sus instintos y bajo los efectos de la oxitocina, Raquel lo interrogó. Quería saber.

—Cariño, la reunión en Berlín era un pretexto para sorprenderte.

—Pues lo has conseguido…

—No, no del todo —le recalcó con un tono misterioso mientras fijaba sus pupilas en ella.

—¿Cómo?

—No puedo decirte mucho más porque entonces no sería una sorpresa. Vístete y prepara una maleta con lo justo para este fin de semana. Lo justo, ¡eh! Porque no te voy a dejar salir de la … —le indicó con una mirada lasciva.

—Pero, al menos, dime dónde.

—¡No te digo nada más!

Raquel se dio por vencida y fue a su habitación. Se dio una ducha corta, cogió un poco de ropa y la metió en una maleta. Se sentía radiante. Hacía apenas un mes que se conocían y, desde entonces, su vida había dado un vuelco.

Robert era el hombre perfecto: guapo, educado, inteligente, un amante avezado que sabía explorar rincones antes desconocidos para ella. Lo tenía todo. No entendía por qué su amiga lo tenía atravesado. Había llegado a pensar que eran los celos lo que nublaba la vista de Nuria.

Pero claro… sabía tan pocas cosas de él. Apenas hablaba de su vida o de su familia. No le conocía ningún amigo. Era enigmático y magnético a partes iguales. Y eso la volvía loca. Como esta aparición, de repente, con esa invitación a una escapada hacia quién sabe dónde. Se sintió algo inquieta, pero trató de apartar esos pensamientos de su mente.

Volvió al salón. Estaba de espaldas. Contemplaba la lejanía desde la ventana.

—Estoy lista. Llamo a Nuria y nos vamos.

—No, no hay tiempo para eso. La aventura nos espera.

—Sí, pero ¿y si me necesita para algo?

—Te llevas el móvil y cuando lleguemos allí, la llamas si quieres.

—Bueno, tienes razón: me llevo el móvil.

Se dio la vuelta para meter las cosas en su bolso. Antes de salir, Robert la rodeó con sus fuertes brazos y le susurró palabras al oído que la hicieron temblar.

—¡Ay…! Si seguimos así… de aquí no salimos.

—Tienes razón, es que me tienes loco.

Salieron de casa y se montaron en el coche.  Avanzaban por un camino ciego, guiados solo por el deseo. Iban atravesando bosques frondosos de castaños y abedules, pero ellos no tenían ojos para verlos. Hablaron poco y se dejaron sentir. De vez en cuando él deslizaba su mano entre sus muslos y ella se estremecía. Y de tanto en tanto, ella le correspondía posando su mano sobre su entrepierna que respondía a su tacto elevándose como una cordillera de contornos rígidos.

Tras tres horas de camino llegaron a un páramo solitario de una belleza increíble. Había una casita rural de piedra. Robert sacó una llave de la guantera y se dispuso a abrir la puerta. Era acogedora pero fría y húmeda. Tenía una chimenea y troncos de madera apilados a un lado. En menos de media hora, el fuego crepitaba majestuoso. Había una amplia alfombra de algodón tejido de colores fogosos a sus pies.

Robert recibió una llamada y salió fuera. Raquel, con la vista fija en la alfombra, sentía el roce de sus cuerpos desnudos sobre ella. Como Robert tardaba, fue hacia una de las habitaciones a dejar su maleta. Uno de sus pendientes cayó sobre el suelo de madera. Al agacharse a recogerlo, no pudo evitar ver lo que había debajo de la cama: una maleta que no reconocía.

Llena de curiosidad, la atrajo hacia sí y al abrirla, sus ojos quedaron mudos de horror. En su interior había esposas, bridas, cinta aislante, un set de cuchillos. De repente pasó de la pasión y el éxtasis vivido al terror más acerado. Resonaron en su mente las duras palabras de Nuria: “no me gusta. Hay algo en él que me asusta. Mi intuición no falla. Dime siempre dónde estás cuando salgas con él”.

Corrió hacia su bolso. Las manos temblorosas pelearon con la cremallera. Al abrirla la frialdad que ya le calaba el alma se hizo carne en sus ojos. El móvil no estaba y ella sabía que lo había echado. Como un rayo las imágenes de antes de salir acudieron en tropel a su mente. Claro, ella tenía el bolso abierto poco antes de cruzar la puerta, y él la abrazó y la distrajo. Luego en el coche, confiada, cerró la cremallera sin mirar dentro.

Un sudor frío empapó su cuerpo. No podía pensar. El corazón latía desbocado. Estaba aterrorizada. Sus sienes palpitaban con un frenesí metálico. Buscó las llaves del coche, pero no estaban por ningún sitio. Decidió salir y huir donde fuera. Abrió la puerta. Se lo encontró de bruces. Él la miró. Una mirada glacial, silenciosa, que la atravesó como una aguja de hielo. Raquel lo supo entonces: la escapada era hacia ninguna parte.

Fuera retumbaba el sonido del silencio, tan solo roto por el ulular de una lechuza. La oscuridad lo cubría todo en una noche sin estrellas y sin luna.

@ana.escritora.terapeuta

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