Los cristales de la ventana recibían
los últimos rayos antes de la puesta de sol. Raquel miraba embelesada el tono
anaranjado que iba posándose sobre el horizonte. Sus pensamientos, acompañados
de un suspiro, volaron hacia él. Esperaba ansiosa acortar la distancia que
ahora los separaba con una llamada. Se acercaba la hora…
El timbre de la puerta, con su tono
chirriante, la sacudió por dentro y la arrancó de su ensimismamiento. No
esperaba a nadie a esa hora. Miró por la mirilla y se estremeció como un flan.
Como pudo se arregló un poco el pelo y se ciñó la bata de satén. Respiró hondo
y abrió la puerta.
—¡Hola!, cariño. Pero… ¿no estabas en
una reunión en Berlín?
—¡Pues va a resultar que no!
¡Sorpresa!
Una vez dentro, la puerta se cerró
tras ellos para rodearlos de la intimidad que necesitan los amantes. Sellaron
sus labios con un apasionado beso. Ella quería saber más, pero él tomó ventaja
sobre su cuerpo deslizando sus manos ávidas por debajo del satén. Raquel se
dejó llevar y se abandonó arrebatada en pleno éxtasis carnal.
Saciados sus instintos y bajo los
efectos de la oxitocina, Raquel lo interrogó. Quería saber.
—Cariño, la reunión en Berlín era un pretexto
para sorprenderte.
—Pues lo has conseguido…
—No, no del todo —le recalcó con un
tono misterioso mientras fijaba sus pupilas en ella.
—¿Cómo?
—No puedo decirte mucho más porque
entonces no sería una sorpresa. Vístete y prepara una maleta con lo justo para
este fin de semana. Lo justo, ¡eh! Porque no te voy a dejar salir de la … —le
indicó con una mirada lasciva.
—Pero, al menos, dime dónde.
—¡No te digo nada más!
Raquel se dio por vencida y fue a su
habitación. Se dio una ducha corta, cogió un poco de ropa y la metió en una
maleta. Se sentía radiante. Hacía apenas un mes que se conocían y, desde
entonces, su vida había dado un vuelco.
Robert era el hombre perfecto: guapo,
educado, inteligente, un amante avezado que sabía explorar rincones antes
desconocidos para ella. Lo tenía todo. No entendía por qué su amiga lo tenía
atravesado. Había llegado a pensar que eran los celos lo que nublaba la vista
de Nuria.
Pero claro… sabía tan pocas cosas de
él. Apenas hablaba de su vida o de su familia. No le conocía ningún amigo. Era
enigmático y magnético a partes iguales. Y eso la volvía loca. Como esta aparición,
de repente, con esa invitación a una escapada hacia quién sabe dónde. Se sintió
algo inquieta, pero trató de apartar esos pensamientos de su mente.
Volvió al salón. Estaba de espaldas.
Contemplaba la lejanía desde la ventana.
—Estoy lista. Llamo a Nuria y nos
vamos.
—No, no hay tiempo para eso. La
aventura nos espera.
—Sí, pero ¿y si me necesita para algo?
—Te llevas el móvil y cuando lleguemos
allí, la llamas si quieres.
—Bueno, tienes razón: me llevo el
móvil.
Se dio la vuelta para meter las cosas
en su bolso. Antes de salir, Robert la rodeó con sus fuertes brazos y le susurró
palabras al oído que la hicieron temblar.
—¡Ay…! Si seguimos así… de aquí no
salimos.
—Tienes razón, es que me tienes loco.
Salieron de casa y se montaron en el coche. Avanzaban por un camino ciego, guiados solo
por el deseo. Iban atravesando bosques frondosos de castaños y abedules, pero
ellos no tenían ojos para verlos. Hablaron poco y se dejaron sentir. De vez en
cuando él deslizaba su mano entre sus muslos y ella se estremecía. Y de tanto
en tanto, ella le correspondía posando su mano sobre su entrepierna que
respondía a su tacto elevándose como una cordillera de contornos rígidos.
Tras tres horas de camino llegaron a
un páramo solitario de una belleza increíble. Había una casita rural de piedra.
Robert sacó una llave de la guantera y se dispuso a abrir la puerta. Era
acogedora pero fría y húmeda. Tenía una chimenea y troncos de madera apilados a
un lado. En menos de media hora, el fuego crepitaba majestuoso. Había una
amplia alfombra de algodón tejido de colores fogosos a sus pies.
Robert recibió una llamada y salió
fuera. Raquel, con la vista fija en la alfombra, sentía el roce de sus cuerpos
desnudos sobre ella. Como Robert tardaba, fue hacia una de las habitaciones a
dejar su maleta. Uno de sus pendientes cayó sobre el suelo de madera. Al
agacharse a recogerlo, no pudo evitar ver lo que había debajo de la cama: una
maleta que no reconocía.
Llena de curiosidad, la atrajo hacia
sí y al abrirla, sus ojos quedaron mudos de horror. En su interior había
esposas, bridas, cinta aislante, un set de cuchillos. De repente pasó de la
pasión y el éxtasis vivido al terror más acerado. Resonaron en su mente las duras
palabras de Nuria: “no me gusta. Hay algo en él que me asusta. Mi intuición no
falla. Dime siempre dónde estás cuando salgas con él”.
Corrió hacia su bolso. Las manos
temblorosas pelearon con la cremallera. Al abrirla la frialdad que ya le calaba
el alma se hizo carne en sus ojos. El móvil no estaba y ella sabía que lo había
echado. Como un rayo las imágenes de antes de salir acudieron en tropel a su
mente. Claro, ella tenía el bolso abierto poco antes de cruzar la puerta, y él
la abrazó y la distrajo. Luego en el coche, confiada, cerró la cremallera sin
mirar dentro.
Un sudor frío empapó su cuerpo. No
podía pensar. El corazón latía desbocado. Estaba aterrorizada. Sus sienes
palpitaban con un frenesí metálico. Buscó las llaves del coche, pero no estaban
por ningún sitio. Decidió salir y huir donde fuera. Abrió la puerta. Se lo
encontró de bruces. Él la miró. Una mirada glacial, silenciosa, que la atravesó
como una aguja de hielo. Raquel lo supo entonces: la escapada era hacia ninguna
parte.
Fuera retumbaba el sonido del
silencio, tan solo roto por el ulular de una lechuza. La oscuridad lo cubría
todo en una noche sin estrellas y sin luna.
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